Desde el tiempo de nuestros parientes más remotos, atravesando almanaques, se habla de la materia de la que están hechos los sueños. Y también de su forma errante. Para ponerle alguna conocida, soy de aquellos a quienes les gusta pensar a los sueños como caballos. Estos caballos que van a ver trotando por acá, estaban encerrados desde hace un tiempo. Tal vez, unos, hace meses. Otros, hace años… como un eco de noches de la infancia donde aúllan todos los p erros a la vez a ninguna luna. Noches perladas de sudor de pesadilla, o amanecidas donde un caballo pasa y nos despierta el chasquido de sus herraduras. Y entonces no sabemos qué fue lo que pasó, pero sí que algo pasó y que inexorablemente ya no está… pero era hermoso. Estos caballos los pensé en la noche. Y los repensé teniendo en cuenta a las y los niños y jóvenes. No a un sujeto modelo, promedio de las clases medias urbanas y bocadillo del mercado editorial. Pensé, en todo caso, en los de ahora, como mi hijo, qu...