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Caballos en la noche


Desde el tiempo de nuestros parientes más remotos, atravesando almanaques, se habla de la materia de la que están hechos los sueños. Y también de su forma errante. Para ponerle alguna conocida, soy de aquellos a quienes les gusta pensar a los sueños como caballos.

Estos caballos que van a ver trotando por acá, estaban encerrados desde hace un tiempo. Tal vez, unos, hace meses. Otros, hace años… como un eco de noches de la infancia donde aúllan todos los perros a la vez a ninguna luna. Noches perladas de sudor de pesadilla, o amanecidas donde un caballo pasa y nos despierta el chasquido de sus herraduras. Y entonces no sabemos qué fue lo que pasó, pero sí que algo pasó y que inexorablemente ya no está… pero era hermoso.

Estos caballos los pensé en la noche. Y los repensé teniendo en cuenta a las y los niños y jóvenes. No a un sujeto modelo, promedio de las clases medias urbanas y bocadillo del mercado editorial. Pensé, en todo caso, en los de ahora, como mi hijo, que me ayuda a liberarlos y a ponerlos en blanco sobre negro. En mi hija, que a veces me trae y a veces me saca del sueño. En algunxs de mis alumnxs, que se fascinaron cierta vez con algún poema de terceros que les arrimé. En el que fui alguna vez, y se pasó algunos inviernos de cuarentena, tosiendo detrás de un ventanal, mirando llover sobre una calle de tierra, escuchando o imaginando las herraduras de aquellos que tiraban de los últimos carros que dejaban correr en alguna frontera suburbana.

Acá los voy a dejar, quizás uno por noche; quizás menos. Que hagan lo que no puede hacer el resto, que está en aislamiento. Unos se quedarán pastando amodorrados, otros galoparán lejos. Irán para donde quieran ellos, en definitiva. Como buenos caballos. Como todo sueño.

Texto: Mariano Garrido
Ilustración: Miguel Garrido

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