Una noche de azahares
bajo un cielo violeta
una niña soñaba
con un sueño cualquiera:
con un castillo inmenso
con almenas de almendra
y un millón de escalones
en cien mil escaleras.
(Va la niña dormida,
cruza calles que sueña;
va siguiendo hechizada
un perfume a flor negra,
verdeazul engañoso
que canta y centellea,
aroma de lavandas
remotas que marean.)
Una noche de azahares
bajo un cielo violeta
una niña soñaba
con un sueño cualquiera…
y ese cielo imperfecto,
en su sombría seda,
era cortina oscura
plagada de goteras.
(De esas goteras caen
gotas que son de avena,
besos hechos de brisa,
luces que son espuelas
y agitan encantadas
a una potranca negra.)
Una noche de azahares
bajo un cielo violeta
una niña soñaba
con un sueño cualquiera:
mil camelias brotaban
como en una tormenta
de sus manos blancuzcas
semejando una hoguera,
(Sus dedos se sacuden,
son diez orugas ciegas
que bailan y que giran,
que tejen y entreveran
una trenza a la noche;
¿a qué invisible orquesta
le van marcando el pulso
de balada en tinieblas?)
Una noche de azahares
bajo un cielo violeta
una niña soñaba
con un sueño cualquiera:
en el borde del sueño
se acercó a la ribera,
quiso cruzar las aguas
sobre la potra negra
y llevarse con ella
las brisas, las camelias,
el castillo almenado
y la noche de seda.
Y así llegó la niña
a la margen opuesta,
sus ojos indagando
su memoria incompleta:
el castillo, disuelto;
sus florcitas, deshechas;
el paisaje, perdido
en la orilla reversa.
(De día, en la mañana,
una niña recuerda
haber soñado anoche
algún sueño cualquiera.)
Texto: Mariano Garrido
Ilustración y retoque digital: Miguel Garrido

Comentarios
Publicar un comentario